Decisiones irracionales

tables visual illusionTantas veces se ha hablado de ilusiones visuales en este blog, que espero que ya todos hayamos asumido que nuestro cerebro no es perfecto y que a veces se equivoca. Y sobre todo que cuando se equivoca, lo hace sin remedio. Quiero decir que, si yo os explico con toda la paciencia de la que soy capaz que en realidad las mesas del dibujo de la izquierda tienen la misma longitud y que sois vosotros los que os estáis inventando que no es así, podréis decirme (si sois sensatos): “Estela, tienes razón, ¡qué equivocado estaba!”, o, bueno, quizás algo menos solemne… Pero luego miráis otra vez el dibujo y parece que nuestra pequeña charla de hace un momento no haya servido para nada y la mesa de la izquierda sigue siendo mucho más larga que la de la derecha. Son cosas que nunca vamos a aprender. Nuestro cerebro está muy seguro de su equivocación.

Y bueno, este ejemplo (sacado del vídeo de más abajo) no deja de ser una anécdota. Pero si lo pensáis, si tenemos problemas para detectar este tipo de errores de percepción, y se supone que ‘ver’ se nos da muy bien, ¿qué ocurre cuando se trata de acciones que no son tan cotidianas? Por ejemplo, cuando tomamos decisiones. 

En el vídeo que comentamos hoy,  Dan Ariely formula la siguiente pregunta: ¿tenemos el control de nuestras decisiones?

Sí, parece una respuesta fácil. Pero si habéis leído alguna de nuestras entradas sobre el tema, sabéis que estas cosas nunca son fáciles. Y si no, para eso está Ariely, para mostrarnos con unos sencillos ejemplos que el motivo que está detrás de algunas decisiones no es el que podría parecer. Aquí está el vídeoY aquí mis comentarios:

Ante la pregunta de si tenemos el control sobre nuestras decisiones, algunos de nosotros podríamos contestar que si existe algún caso en el que perdemos tal control,  podría deberse a que quizá no tengamos demasiado interés en el tema en cuestión o que nos falta información. Sin embargo, ¿puede haber algo más personal que decidir si quieres ser donante de órganos? Dan Ariely nos demuestra que con un pequeño truco de marketing, dejamos de ser los dueños de nuestro hígado, nuestros pulmones o nuestro corazón (después de muertos, claro). Y nos enseña también que el mismo truco funciona en cualquier país de Europa, es decir, que nuestras diferentes culturas no se ven implicadas en la decisión; alguien podría pensar que los españoles, con lo simpáticos que somos (?), donaríamos más órganos que los ingleses, tan celosos de su propiedad privada. Pero no, como veis en la figura que os pongo aquí debajo, países muy próximos culturalmente en realidad muestran comportamientos muy diferentes: Austria y Alemania, o Bélgica y los Países Bajos, presentan comportamientos completamente opuestos.

donación de órganos

¿Qué significa esto? ¿Es la donación de órganos algo más profundo que trasciende a la cultura y a la religión? No, únicamente en estos países se utilizaron dos tipos de formularios distintos. En el primero, los usuarios tenían que marcar la casilla SI QUERÍAN SER DONANTES. En el segundo, debían marcar la casilla SI NO QUERÍAN SER DONANTES. El resultado es muy claro. La mayoría de participantes no marcaron la casilla, ni en un formulario ni en otro, de ahí la abismal diferencia entre países vecinos.

Fascinante, ¿no? Entonces no somos realmente conscientes de qué  es lo que nos impulsa a tomar decisiones. Dan Ariely asegura que no es que pensemos que sea un tema trivial o que no nos importe, sino todo lo contrario: es tan difícil y compleja la decisión “que simplemente elegimos lo que ha sido elegido para nosotros”. Es decir, como no sabemos que hacer, nos quedamos con la opción de ser un ciudadano estándar.

Pero ahí no acaba  el asunto. Ariely nos trae un ejemplo más, pero esta vez sobre médicos y tomas de decisiones, que bien podría meternos el miedo en el cuerpo (los médicos siempre lo consiguen). El experimento en cuestión es así: le proponen a un grupo de expertos sanitarios un caso hipotético en el que el paciente es un granjero de 67 años que sufre de dolor de cadera. Ya han probado todos los fármacos posibles y la semana anterior se optó por un trasplante de cadera. Pero a mitad de semana se dan cuenta de que olvidaron probar un medicamento, el ibuprofeno. ¿Qué hacen entonces los expertos? ¿Prueban con el medicamento o llevan a cabo la operación? Por suerte, la mayoría decidieron probar el tratamiento con ibuprofeno. Sin embargo, a otro grupo de médicos se les planta la cuestión de forma diferente. En esta ocasión, al revisar el caso han olvidado probar dos medicamentos. ¿Qué hacer entonces? ¿Sigues con la operación? ¿la echas atrás? Y si la echas atrás, ¿pruebas un medicamento u otro? La decisión se vuelve más compleja y la mayoría de los profesionales deciden  seguir con la operación.

Increíble ¿no? En realidad no es que ningún médico prefiera una operación a un medicamento, pero cuando la decisión está marcada como la opción por defecto (es decir, ya habíamos elegido optar por el reemplazo de cadera la semana pasada) “tiene un enorme poder sobre lo que la gente termina haciendo”. Y si además la otra opción no es sencilla (elegir entre dos posibles medicamentos, con sus posibles efectos secundarios) el resultado es que la operación aparece como la alternativa más fácil (conceptualmente, claro).

Así que digamos que la cosa funciona así: todos nosotros nos pasamos el día tomando decisiones que (creemos) nos llevan a ser más felices; y luego llega algún neurocientífico con demasiado tiempo libre y nos dice que en realidad no fuimos nosotros quienes tomamos dichas decisiones y que la que pensábamos era la opción más adecuada sólo lo parecía por culpa del formato del formulario, el color de la caja de los cereales o la forma redonda del donut.

Dentro de poco, hablaré un poco más de estas ilusiones no-visuales que, como dice el señor Ariely, son mucho más difíciles de descubrir y comprobar, pero también son mucho más importantes. Tanto que descubrirlas podría ahorrarnos un par de operaciones a cada uno el día de mañana.

Estela Matilla

2 comentarios sobre “Decisiones irracionales

  1. Bueno, es que las mesas del dibujo NO tienen la misma longitud, entendiendo por “tener la misma longitud” que miden lo mismo de largo. Llegaría a aceptar que me dijeses que una es tan larga como ancha es la otra, pero no que las dos son igual de largas.

    1. Hola Boollie, muchas gracias por tu comentario. En realidad puede que la confusión la haya creado un problema de semántica. La longitud es la parte más larga de un objeto y, siendo así, la parte con mayor longitud de la mesa roja mide lo mismo que la parte más larga de la mesa verde. No sé si me he explicado bien. Si no estás de acuerdo, nos encantaría saber tu opinión.

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