… ¿Y me olvido de todo?

Cuando leí por primera vez el artículo de Zhong y Liljenquist en el que describían el “efecto Macbeth” –es decir, el fenómeno por el cual cualquier acto de limpieza física no sólo elimina la suciedad sino que también alivia el sentido de culpabilidad asociado a antiguas ofensas—recuerdo que tuve la misma sensación que al ver por primera vez muchas ilusiones visuales: primero de incredulidad, “¡No, no puede ser!”. Después de asombro, “¡Guau, qué bueno!”. Y, finalmente, de curiosidad, “Pero, ¿cómo es posible?”. Os ponemos aquí una de estas ilusiones visuales para que experimentéis en primera persona estas fases y, ya de paso, para homenajear a Richard Gregory, su descubridor, recientemente fallecido.

Me gustó mucho la explicación de este fenómeno que ellos mismos sugerían en el artículo. Debe existir un vínculo en nuestro cerebro que asocie psicológicamente limpieza corporal y pureza moral. Ese vínculo lo proporcionarían unos circuitos neuronales de los lóbulos temporales y la región frontal de la corteza cerebral, que se activan tanto en respuesta a la sensación de asco físico como a las transgresiones de las normas morales o sociales. Por lo tanto, cuando hablamos de tener una conciencia limpia no sólo lo hacemos en sentido metafórico. Esta explicación es muy plausible. Desde un punto de vista puramente evolutivo, es más fácil “reutilizar” los mismos circuitos o las mismas estructuras anatómicas para realizar distintas funciones –relacionadas de alguna forma entre sí, normalmente— que generar unas nuevas. Es, por lo tanto, la solución más sencilla al problema y, como además es una solución muy elegante, no es extraño que resulte tan fácil de creer.

Pero la cosa es que, aunque no sea mentira, es improbable ésta sea toda la verdad. Nuestro comportamiento diario, las decisiones que tomamos, por muy asépticas que parezcan a primera vista, pueden generar conflictos que no tienen por qué ser de carácter moral. ¿Quiero ir al cine o a tomar una caña? ¿Me voy de vacaciones a Galicia o a Portugal? Cuando tenemos que elegir entre dos opciones que parecen igualmente atractivas suele producirse un fenómeno que denominamos disonancia cognitiva, del que ya hemos hablado en otras entradas. La disonancia cognitiva es una tensión psicológica desagradable, que se genera cuando mantenemos al mismo tiempo dos pensamientos que entran en conflicto, o bien comportamientos contrarios a nuestras creencias.

Cuando la disonancia produce un conflicto muy fuerte, solemos cambiar nuestra forma de pensar, o bien nos vemos motivados a generar comportamientos que reduzcan la tensión, hasta restaurar la coherencia interna de todos nuestros pensamientos. Es decir, cuando hay que tomar una decisión entre dos opciones, la gente reduce el efecto de la disonancia percibiendo, a posteriori (esto es importante), la alternativa escogida como más atractiva que la rechazada. En el caso de mi duda entre ir al cine o a tomarme una caña, si escogiese la primera opción, para justificarme pensaría que al cine sólo puedo ir muy de vez en cuando, sin embargo a tomar una caña puedo ir en cualquier momento, así que habría tomado la decisión correcta. Si, por el contrario hubiera decidido ir a tomarme la caña, pensaría que la película no merecía mucho la pena (ya la veré cuando salga en vídeo) y, además, como en el bar me he encontrado con Fran, a quien hacía siglos que no veía, pensaría de todas formas que había acertado con mi decisión. Conflicto solucionado.

Pero, ¿por qué es improbable que “el efecto Macbeth” sea toda la verdad? Comentaba un poco más arriba que evolutivamente es mucho más ventajoso (probable) reutilizar circuitos ya existentes del cerebro para realizar tareas relacionadas que generar unos nuevos. Y los conflictos morales son sólo un tipo particular de todos los conflictos que pueden generar disonancias cognitivas. Además, la moral y las normas sociales son coyunturales, dependen de nuestro contexto cultural. Por lo tanto, parece poco plausible que tengamos circuitos distintos en nuestro cerebro para tratar con conflictos morales y no morales. Así que, llevando el mismo razonamiento un poco más allá, tendremos que concluir que lavarse las manos soluciona cualquier tipo de conflicto pasado, como si borrásemos la pizarra de nuestra mente para empezar de nuevo.

Y esto es exactamente lo que debieron pensar Spike Lee y Norbert Schwarz cuando diseñaron sus experimentos. Querían probar si lavarse las manos reduce también ese efecto general de disonancia cognitiva post-decisional y lo que hicieron (tremendamente ingenioso) fue lo siguiente:

Simulando una encuesta comercial, pidieron a cuarenta estudiantes que ojearan 30 portadas de CDs musicales y escogiesen 10 que les gustaría comprar, ordenándolos por orden de preferencia. Más tarde, el experimentador/encuestador les ofreció que escogieran entre su quinta y sexta elección como regalo por participar en la encuesta. Después, los estudiantes tuvieron que evaluar otro producto que nada tenía que ver con el primero, un jabón líquido. La mitad de ellos simplemente examinaron el envase y la otra mitad lo probó. Después de contestar a unas preguntas, los participantes tuvieron que ordenar de nuevo los CDs según su preferencia, supuestamente porque la empresa patrocinadora de la encuesta quería saber lo que la gente pensaba después de abandonar la tienda.

El resultado fue muy clarificador. Lavarse las manos sí atenúa la necesidad de justificar una elección reciente. Para aquellos estudiantes que simplemente habían examinado el envase de jabón, la preferencia del CD elegido sobre el rechazado se había incrementado después de la elección, reproduciendo el efecto de disonancia cognitiva estándar. Sin embargo, para aquellos estudiantes que se lavaron las manos, sus preferencias no cambiaron después de tomar la decisión. Brillante (nunca mejor dicho).

Los investigadores replicaron el experimento con mermeladas, en lugar de CDs, y con toallitas limpiadoras, en vez de jabón, y el resultado fue exactamente el mismo. Esto nos indica que el impacto psicológico de lavarse va mucho más allá del dominio moral. Lavándonos no sólo limpiamos las huellas de un pasado inmoral, sino que también borramos las consecuencias de nuestras decisiones pasadas, reduciendo así la necesidad de justificarlas.

Y en estas estaba, tan contento, cuando me dí cuenta de que tampoco esto puede ser toda la verdad. ¿Qué pasaría por ejemplo si la película me hubiese gustado muchísimo y justo al final me lavo las manos después de comer un montón de palomitas? ¿Se reduciría también el sentimiento (positivo esta vez) de haber acertado en mi elección? Y si al salir del cine hubiese pisado excrementos de perro ¿se invertiría el efecto? ¿Encierra un nuevo significado la frase “mucha mierda” que los actores se dicen para desearse suerte antes de una función? Seguiremos al tanto…

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

3 comentarios sobre “… ¿Y me olvido de todo?

  1. Quizá nuestros ancestros cuando se sentían culpables de algo, ese algo siempre implicaba suciedad física, véase matar a alguien y ensuciarse con su sangre … y hemos heredado esa asociación.

    ¿Por qué no dejan resolver la crisis económica a gente como los Sres. Lee y Schwarz?

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