Yo me lavo las manos…

William Shakespeare decía que la verdad es muchas veces más extraña que la ficción. Y tenía razón. Hoy vamos a escribir sobre un tema que, siendo verdad, es tan difícil de creer que parece mentira. Y para hacerlo, seguiremos citando a Shakespeare. En concreto, un pasaje que escribió en el acto V de su obra Macbeth.

Atormentada por su participación en el vil asesinato del rey Duncan, Lady Macbeth comienza a lavarse las manos de forma obsesiva, incluso en sueños, como si quisiese limpiar su conciencia de toda culpa.

Lavarse las manos, y aquí viene lo increíble, elimina algo más que la suciedad. Tal y como Shakespeare escribió hace ya cuatro siglos, también sirve para aliviar el sentido de culpabilidad asociado a antiguas ofensas o incluso crímenes. En una serie de experimentos muy ingeniosos, Zhong y Liljenquist, exploraron hace cuatro años lo que ellos mismos llaman “el efecto Macbeth”, definido como la necesidad que uno tiene de lavarse (físicamente) cuando se encuentra en una situación en que su integridad, o pureza moral está amenazada. Y lo que es aun más sorprendente, describen cómo ese acto de limpieza física ayuda realmente a la gente a lidiar con la amenaza moral.

Lo primero que hicieron fue pedir a los participantes en sus experimentos que recordasen algún suceso de su vida en que su comportamiento fuese o bien éticamente impecable o moralmente reprobable. Les pidieron después que recordasen cuáles fueron sus sentimientos o emociones para, finalmente, pedirles que completaran una serie de fragmentos de palabras, W_ _ H, SH_ _ _ R, y S _ _ P, que en inglés podrían completarse para formar conceptos relacionados con la limpieza (wash-lavar, shower-ducha, soap-jabón) o no (wish-deseo, shaker-agitador, step-paso). Como podréis imaginar por lo mencionado anteriormente, los participantes que recordaron sucesos en que su comportamiento fue poco ético, generaron más palabras relacionadas con la limpieza que los que recordaban un comportamiento moralmente intachable.

Pero, para que su teoría sobre “el efecto Macbeth” fuese cierta debían demostrar, además, que recordar un hecho éticamente reprobable incremente la necesidad de lavarse físicamente. En un segundo experimento, pidieron a los participantes que escribiesen una historia en primera persona en la que hubiesen actuado de forma ética y desinteresada (ayudando a un compañero de trabajo) o egoísta (saboteándolo). Al terminar se les ofrecía un regalo que podían elegir entre un paquete de toallitas desinfectantes o un bolígrafo. De nuevo, aquellos que recordaron un comportamiento moralmente reprobable tenían una probabilidad mucho mayor de escoger las toallitas antisépticas.

Y ahora la guinda sobre el pastel. En un tercer experimento, los autores, demuestran que el acto físico de limpieza puede realmente aliviar la carga de los “pecados” morales. De nuevo, pidieron a los participantes que recordasen un suceso (moral o inmoral) de su pasado, exactamente igual que habían hecho en el primer experimento. Al terminar, la mitad de los participantes se limpió las manos con toallitas antisépticas y la otra mitad no. Después de rellenar un cuestionario sobre su estado emocional en ese momento, se les preguntó si estarían dispuestos a participar de forma voluntaria (es decir, sin gratificación económica alguna) en otro experimento para ayudar a un compañero (otro estudiante como ellos que estaba desesperado por terminar un trabajo). El sorprendente resultado fue que aquellos que se habían lavado las manos estaban mucho menos dispuestos a colaborar que los que no y, además, sentían muchos menos remordimientos o culpabilidad por ello.

El acto físico de limpiarse parece, por lo tanto, eliminar el efecto de nuestros “pecadillos morales” previos, a través de una reparación simbólica de nuestra integridad moral. Hasta ahora sabíamos que, cuando cometemos actos éticamente cuestionables estamos naturalmente motivados, es decir, sentimos la necesidad imperiosa de implicarnos en actividades que reparen el mal causado y restauren la imagen de rectitud moral que tenemos de nosotros mismos. Lo interesante de estos experimentos es que demuestran que está reparación de nuestro yo moral puede conseguirse, no sólo a través de actos de retribución directa, sino también por medio de actividades simbólicas que no están directamente relacionadas con la ofensa realizada. Ahora entiendo por qué don Limpio, con esa pinta de portero macarra de discoteca, acabó anunciando detergentes.

Los resultados de estos experimentos sugieren, además, que debe existir un vínculo en nuestro cerebro que asocie psicológicamente limpieza corporal y pureza moral. Esta asociación debe ser tan poderosa que, de hecho, aparece en múltiples relatos de la cultura popular y la religión desde hace miles de años, al menos en la tradición de las principales religiones monoteístas. El wudu, por ejemplo, es un ritual de purificación en el Islam mediante el cuál, los fieles, se lavan para llegar a la oración libres de impurezas, tanto en el plano físico como en el espiritual. Los cristianos, del mismo modo, se “limpian” del pecado original con el bautismo. Incluso Poncio Pilatos, gobernador romano de galilea, se lava las manos tras la elección por parte del pueblo del zelote Barrabás y no de Jesús para recibir el tradicional perdón por la pascua judía. Con ese acto quería “limpiar” su conciencia, borrando todo signo de su participación en el asesinato de un inocente.

La asociación entre pureza moral y física se da también en otros planos emocionales. Un ejemplo sería la sensación de asco, que se puede experimentar de forma física o psicológica. En un principio, la sensación de asco se desarrolló durante la evolución asociada al sentido del gusto para evitar ingerir comida o bebida potencialmente peligrosa. En el hombre, los mismos circuitos cerebrales, principalmente en la región frontal y los lóbulos temporales, responsables de nuestra sensación de asco físico se han reciclado, en parte, para responder también a situaciones en las que se producen violaciones de tipo social o moral, que tienen un marcado carácter cultural. Así, el asco “físico” y el “psicológico”, a pesar de ser diferentes, se parecen mucho en sus representaciones cerebrales y en sus manifestaciones físicas (expresiones faciales, reacciones fisiológicas, etc.); lo que podría explicar, según los autores, por qué actos como lavarse las manos, que mitigan el asco “físico”, pueden también aliviar el sufrimiento moral asociado a actos éticamente reprobables.

Todo cuadra. Sin embargo, hace sólo una semana, otros dos investigadores, Spike Lee (no confundir con el fantástico director de cine) y Norbert Schwarz, han publicado un artículo que da una nueva vuelta de tuerca a esta historia. Así que, a lo mejor, y para no variar, no hemos dicho toda la verdad… Mientras tanto os dejamos con un sencillo manual que os ayudará a lavar vuestras conciencias.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

4 comentarios sobre “Yo me lavo las manos…

  1. A partir de ahora mismo desconfiaré de toda persona que esté muy limpia. La persona que no se lava (sucia) es más pura.

  2. Hola! A ver, no me gusta ser el típico criticón, pero esos experimentos no me convencen del todo… 🙂 Al contrario que vuestras conclusiones del penúltimo párrafo. Es que no me parece que sea un tema tan fácilmente abordable (o tal vez es justo al contrario…). Sin embargo, no negaré que también me gustaría saber por qué hasta ahora ya sabíamos que cuando hacemos algo moralmente cuestionable nos sentimos motivados a compensarlo… Y me pregunto, eso de compensar los actos vulgares, ¿también sería aplicable a la culpabilidad cuando no tiene nada que ver con la moralidad? Por ejemplo, si sentimos que hemos herido a alguien con nuestras palabras o actos, ¿queremos compensarlo por esto? ¿O creeis que no tiene nada que ver? Porque a mí el sentimiento de culpabilidad me parece bastante similar, sea cual sea su causa.

    En fin, muy buena entrada 🙂 Me ha encantado.

  3. Comentario muy muy rápido (no he leido completamente, ya que estoy estudiando).
    Una relación curiosa: ¿Qué ministerio fué el que recomendó limpiarse las manos por no se qué epidemia?

    Además recuerdo un buen refrán que viene al pelo: Cree el ladrón que todos son de su condición.

    ¿Por qué nos aconsejarían limpiarnos las manos? 😉

    No sabremos nunca si sería verdad o mentira, ni que intención habría, pero … ¡¡¡joer que casualidad!!!

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