Zombies II

Como decíamos en la entrada anterior, dada la enorme cantidad de comentarios, emails, cartas y postales con fotos de lugares paradisíacos que hemos recibido exigiendo más información sobre el zombie que hay dentro de nosotros, nos hemos visto obligado a estrujarnos los sesos para contar en unas pocas entradas todo lo que sabemos o creemos saber sobre nuestro otro yo, “El Inconsciente”.

Así que seguimos. El otro día hablamos de círculos que se hacen más grandes o más pequeños cuando cambiamos el tamaño de los que están a su alrededor y de cómo preparar un cóctel sin pensar demasiado, gracias a nuestra vía dorsal… Hoy seguimos por ahí, por la vía dorsal, tratando de explicarnos aun a riesgo de repetirnos.

Como ya dijimos en alguna parte, la información que viaja por la vía dorsal se envía en paralelo a otros dos núcleos del cerebro, el colículo superior y el pulvinar del tálamo. También sabemos (sabéis) que estos dos núcleos juegan un papel muy relevante en procesos de integración sensoriomotora. Y son, con toda probabilidad, los responsables de que sujetos con ceguera cortical, aquellos que tienen dañada la corteza visual primaria, sean capaces de procesar parte de la información visual presente en una escena a pesar de que no son conscientes de haberla visto.

Y lo mismo sucede con nuestra percepción del componente emocional de una imagen, como por ejemplo de una cara. Los impresionistas, como Renoir (el que pintó el cuadro de más arriba), utilizaban el mínimo detalle en sus obras. Pintaban con gruesas pinceladas y aún así, en sus representaciones borrosas, como desenfocadas, podemos percibir perfectamente el estado de ánimo de sus personajes. En general, sus obras son incluso más emotivas que cualquier fotografía llena de detalle visual.
La pregunta, claro, es ¿por qué? Porque siempre hay un por qué.

La razón está en la conexión que el colículo superior y el pulvinar envían a la amigdala derecha, uno de los núcleos principales del sistema límbico y, por lo tanto, responsable de procesar las emociones. Debido a esta conexión, se ha descubierto recientemente utilizando técnicas de imagen cerebral que la amígdala responde de forma muy robusta a la versión borrosa, en bajas frecuencias, de una cara (como la foto de la derecha en la figura de abajo). Por el contrario, las áreas de la corteza temporal responsables de nuestra percepción consciente de esa cara, responden muy poco cuando éstas están difuminadas y muy bien cuando se nos presentan de forma muy precisa, en altas frecuencias (como la foto del centro en la figura).

Las obras de los impresionistas, como dice Patrick Cavanagh, podrían conectar más directamente con los centros emocionales de nuestro cerebro que con las áreas responsables del reconocimiento consciente de imágenes porque sus pinceladas gruesas y coloridos irreales distraen nuestra visión consciente.
Lo cierto es que las bajas frecuencias, el detalle grosero, de una imagen es transmitido a la amígdala de forma muy rápida por la vía magnocelular, y ésta la utiliza para extraer información emocional, sobre todo relacionada con sentimientos negativos como el miedo. El análisis consciente de la imagen en la corteza inferotemporal es más lento, y depende de la información de alta frecuencia espacial que viaja por la vía parvocelular. Así, la amígdala puede responder a imágenes que transmiten una sensación de miedo cuando se nos presentan en un periodo de tiempo tan breve que no somos conscientes de haberlas visto. Es más, en un paciente sin corteza visual primaria y, por lo tanto, sin experiencia visual consciente, se comprobó que la amígdala derecha seguía respondiendo a la expresión emocional de las caras que se le presentaban. Un mecanismo similar explicaría que podamos comprender la carga emocional de una palabra sin ser conscientes todavía de haberla leído.
La amígdala pertenece a una parte de nuestro cerebro, el sistema límbico, antigua y muy bien conservada durante la evolución. Por eso muchas de nuestras reacciones ante situaciones o imágenes con carga emocional son prácticamente automáticas, innatas. Por eso tenemos prejuicios y una tendencia natural a estereotiparlo todo. Pero por suerte, todo esto puede modularse en mayor o menor medida a través del aprendizaje y la experiencia.
Por lo tanto, leed todo lo que podáis, porque sólo la cultura os hará libres. Lo veremos en nuestro próximo comunicado. Hasta entonces, esperamos que esta entrada-resumen haya saciado vuestras ganas de saber.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

3 comentarios sobre “Zombies II

  1. “… Así, la amígdala puede responder a imágenes que transmiten una sensación de miedo cuando se nos presentan en un período de tiempo tan breve que no somos conscientes de haberlas visto …”

    Con esto se podría entender la razón o el mecanismo por el cual una persona siente miedo y no sabe el porqué del mismo.

    ¿Hay otro Jose dentro de mi que sabe leer y que capta el contenido emocional del texto antes que yo?

    Pues tendré que empezar a admitir que somos dos …
    Un saludo.

  2. No estoy de acuerdo (o no he comprendido lo que se trataba de decir) con eso de “Por eso tenemos prejuicios y una tendencia natural a estereotiparlo todo” (refiriéndoos a la amígdala). Se supone que un prejuicio es una impresión, incluso una sensación, PREconfigurada; por eso yo la entendería como el proceso contrario a lo que ha´ce la amígdala: nos sentimos de una manera respecto a algo aun antes de una toma de contacto, sólo porque no estamos fiándonos de la impresión que en realidad nos está produciendo ese “algo”. Alguien me lo tiene que explicar…

    Por otro lado, y si lo he entendido bien, ¿Podríamos presentar a una persona palabras tan rápidamente que supiésemos que no está leyéndolas y no sabe lo que pone, y aun así esa persona se percataría de una palabra que sí tuviese una carga emocional? Uau…

    🙂 Buena e instructiva entrada.

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