El zombi dentro de nosotros

Esta será la primera de una serie de entradas inspiradas por artículos de Aprender a Pensar y comentarios aparecidos en este blog en las últimas semanas. Trataremos de decir todo lo que sabemos y todo lo que se nos ocurre, pero el tema resulta muy difuso, así que no duden en preguntar…

Y es que vivimos una experiencia tan lineal en apariencia, tan única, que nos cuesta asumir que nuestro cerebro funciona física y metafísicamente en varios planos. Que nuestra mente tiene en realidad distintos niveles. Y sobre todo, nos cuesta un mundo aceptar que la información, el fruto de la actividad, en alguno de esos niveles nunca alcanza un plano plenamente consciente. Y no está mal que eso sea así. De hecho, es vital que lo sea.
Por ejemplo, ya hemos comentado en numerosas ocasiones que ver no consiste en una mera transmisión de imágenes. El acto de interpretar visualmente el mundo es algo mucho más complejo y requiere de un esfuerzo coordinado en distintas áreas cerebrales que procesan la información presente en la lluvia de fotones que baña incesantemente nuestras retinas. Cada una de estas áreas se encarga de procesar aspectos distintos de la imagen. La vía visual ventral, la que termina en la corteza inferotemporal, es la responsable de nuestra percepción de los objetos que componen una escena. Por otra parte, la vía dorsal, la que termina en la corteza parietal posterior, procesa información correspondiente a la estructura espacial de esa misma escena, de la posición de los objetos unos con respecto a otros y en relación a nuestra propia ubicación en el espacio, de su movimiento, etc. Es obvio que las dos vías procesan información visual muy distinta; ya hemos hablado de ello en relación con los pintores impresionistas. Por eso, lesiones en la vía ventral producen agnosias visuales y lesiones en la vía dorsal producen afecciones muy distintas, agnosias motoras, en las que el paciente es incapaz de hacerle entender a su cuerpo el movimiento que quiere hacer.

Por lo tanto, la información relevante para interpretar el mundo de forma consciente está en la vía ventral. Gracias a esta parte del cerebro sabemos (y podemos verbalizar) “qué” estamos viendo. Mientras tanto, la vía dorsal se ocupa de la información que nos ayuda a interaccionar con el mundo a través del movimiento. Y lo curioso es que una buena parte de esta información, al contrario de lo que ocurre con la de la vía ventral, nunca alcanza un plano consciente. Se transmite directamente a las áreas de la corteza responsables del control del movimiento. La vía dorsal es lo que Christof Koch denominó el zombie dentro de nosotros. Porque actúa aparentemente “por su cuenta” sin que “nosotros” (nuestro yo consciente) podamos controlarlo.

Imaginaos que quiero tomarme una copa. Me voy a un bar y pido un cóctel. El camarero, como en la foto, buscará en la estantería las botellas necesarias para preparar mi bebida. Una vez localizadas alargará el brazo hacia ellas y las cogerá una por una. Siempre me ha llamado la atención lo buenos que somos realizando este tipo de movimientos. Al estirar el brazo, medimos perfectamente la distancia entre nosotros y la botella, ni nos quedamos cortos ni nos pasamos. Además, y esto sí que es interesante, estimamos el diámetro de la botella para, a la vez que nuestro brazo avanza hacia ella, abrir la mano lo justo para abarcarla, de nuevo ni más ni menos. Increíble. Sobre todo si tenemos en cuenta que la mayoría de nosotros seríamos incapaces de dar una estimación precisa de esas dos medidas, la distancia que nos separa de la botella y su diámetro.
Y eso es así porque, en realidad, sólo el acto de reconocer la botella es consciente. Todo el control motor relacionado con el gesto de cogerla es inconsciente. Y, como decía un poco más arriba, está bien que sea así. Si tuviésemos que procesar de forma consciente toda la información visual relevante para hacer un cóctel se nos derretiría el hielo… Nuestros movimientos se volverían lentos, fraccionados, y nuestros tiempos de reacción en un ambiente dinámico, caracterizado por constantes cambios, se incrementarían muchísimo, llegando a poner en peligro nuestra propia vida. Por eso las áreas motoras de nuestro cerebro dependen, fundamentalmente, de lo que “les cuenta” la vía visual dorsal, la más rápida.

¿Por qué sabemos que esto es así? Fundamentalmente porque existen pacientes con lesiones en la corteza inferotemporal, en la vía ventral, que muestran un déficit muy marcado en su capacidad de percibir la forma de los objetos, mientras que mantienen su capacidad de integración visuomotora intacta. Ver un objeto y actuar en función de ese objeto son cosas distintas. Percepción visual y acción están disociadas en nuestro cerebro. Pero, ¿pasa esto también en individuos que no presentan ninguna lesión? La respuesta es sí. Fijaos en esta ilusión visual.

Como percibimos el tamaño de forma relativa, la mayoría de nosotros pensaremos que el círculo central de la izquierda es mayor que el de la derecha. La razón es que el primero está en un contexto de círculos pequeños mientras que el segundo está rodeado por círculos más grandes. Eso es lo que pensamos nosotros, nuestro “yo consciente”. Sin embargo, si alargamos el brazo para coger (imaginariamente) el círculo central, primero el de la izquierda y después el de la derecha (o viceversa), en ambos casos abriremos la mano exactamente lo mismo. Es decir, nuestras vías ventral y dorsal transmiten, de forma independiente, información ligeramente diferente sobre el mismo objeto. Una es relevante para nuestra percepción consciente y sucumbe a la ilusión, por eso pensamos que un círculo es más grande que otro; y la otra es fundamental para nuestro comportamiento motor, por eso abrimos la mano exactamente lo mismo en ambos casos. Esta ilusión demuestra, además, que la información que viaja por la vía dorsal no afecta, en muchos casos, a nuestra interpretación consciente de la escena.

Jueguen con los círculos. Mañana más.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

6 comentarios sobre “El zombi dentro de nosotros

  1. Definitivamente, estoy empezando a inclinarme más por pensar que nuestro cerebro es independiente y superior (a nivel de lo que es capaz de hacer) a “nosotros”, nuestra personalidad y pensamiento conscientes. Estoy empezando a pensar, sobre todo después de leer esta entrada, que más bien nosotros somos el zombi dentro de nuestro cerebro 🙂 Es que, por ejemplo, ¿qué pasa cuando el organismo está ante un riesgo serio para su integridad? Pues que nos desconecta! Hala! Y caemos inconscientes (muchas veces esto sólo es para que adoptemos forzosamente una posición horizontal, pero también ocurre porque en realidad, nuestra consciencia es bastante prescindible en una situación de riesgo). Por eso en situaciones de estrés no “pensamos”, sólo “reaccionamos”…
    Bueno, que me lío. Pero sí, sí. Me estoy convenciendo a mí mismo de estas cosas…

    Muchas gracias por este tipo de entradas. Molan! 😉

  2. Yo que soy de esas personas que “piensa antes de actuar” y a pesar de lo irrebatible del texto, me rebelo en cierta manera contra la idea de que un zombi haga cosas sin saberlo yo ….

    Qué maja la vía dorsal, ¿no?
    Un saludo.

  3. Pingback: » zombies II

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