Jack “the dripper”

Es curioso lo poco que nos damos cuenta de todo lo que somos capaces de hacer.

pollock

En la película “A pleno sol“, en la que trabajaba el señor Alain Delon y de la cual quizás sea más conocida la versión moderna “El talento de Mr. Ripley” de Anthony Minghella, existe una escena en la que se ve al protagonista (Tom Ripley o Alain Delon) practicando la firma de su amigo Philippe Greenleaf, al que pretende suplantar tras haberlo asesinado. Pero Tom no practica la firma escribiendo con su pluma en una hoja de papel; lo hace en una pantalla transparente sobre la que retroproyecta la verdadera rúbrica de su difunto amigo…

¿Y qué?


En principio, a todos nos parece normal que Tom decida practicar su nueva firma sobre una pantalla. Yo también lo haría. Hacerlo así, a lo grande, permite apreciar (y replicar) mejor los pequeños detalles que la hacen única. Hasta aquí todo bien, señor Ripley, pero… ¿no ha pensado usted que nunca va a tener que hacer firmas de ese tamaño? Es posible que la destreza que usted está adquiriendo a base de entrenar y entrenar en la pantalla no le sirva de nada. Ha estado usted practicando fundamentalmente con la musculatura del hombro y el brazo cuando, en realidad, al firmar utilizará casi exclusivamente los músculos de la muñeca y la mano. ¡Qué desilusión! Tras días y días de arduo trabajo ha conseguido usted ser muy bueno firmando con el brazo, pero cuando tenga que hacerlo en el banco (donde a usted más le interesa) lo hará con la mano y le descubrirán enseguida. ¿No ha pensado usted en ello señor Ripley?
No, Tom no había pensado en ello. Ni Tom, ni Alain Delón, ni Patricia Highsmith (autora de la novela original), ni Paul Gégauff (que firmó el guión), ni René Clément (que dirigió la película) y, por supuesto, tampoco nosotros lo hicimos al ver la escena. Y en realidad, es una suerte que no perdiésemos el tiempo dándole vueltas al asunto, sobretodo Tom que bastante tenía con huir de la justicia… Y es que el sistema nervioso ya se ocupa de ello. ¿Cómo? Pues gracias a una propiedad funcional de nuestro cerebro que se llama “Equivalencia motora”.

A principios de la década de los 50 del pasado siglo, Donald Hebb, el famoso neurocientífico canadiense del que seguro que volveremos a hablar, se dio cuenta de que muchos de nuestros comportamientos motores, cuando se realizan de forma diferente, siguen siendo muy estereotipados, es decir, siguen compartiendo muchas de sus características más importantes. Hebb puso como ejemplo precisamente la escritura, que sigue siendo igual independientemente del tamaño de la letra o de la parte del cuerpo que utilicemos para realizarla. En otra deliciosa película, El halcón y la flecha, de Jacques Tourneur, uno de los compañeros del rebelde Dardo (Burt Lancaster) escribe los mensajes al cruel Conde Ulrich con los pies, dejando maravillados a todos los presentes, la mayoría de los cuales no podrían hacer lo mismo ni siquiera con las manos. Ramón Sampedro, el tristemente celebre tetrapléjico gallego, escribió con la boca uno de los alegatos a la libertad individual que más han dado que hablar en los últimos años. En todos estos casos, la letra, tiene las mismas propiedades que habría tenido si los personajes hubiesen realizado sus escritos con la mano dominante. Hebb llamó a este fenómeno equivalencia motora.

La equivalencia motora nos sugiere que cada movimiento intencionado está representado en el cerebro de forma abstracta. Está representado como el objetivo que queremos alcanzar (en los ejemplos anteriores éste sería escribir algo) y no como una serie de movimientos de articulaciones o contracciones musculares. Esta representación de alto nivel del movimiento se denomina programa motor.
Las áreas del cerebro en las que se almacena el programa motor influyen después sobre niveles más bajos en la jerarquía que están a cargo de controlar los aspectos espaciales (qué articulaciones movemos) y dinámicos (grados de contracción muscular) del movimiento en función de las partes concretas del cuerpo que utilicemos para realizarlo. Así de fácil o así de difícil.

brócoli¿Y qué tiene esto que ver con Jackson Pollock (el de la foto de arriba)? Resulta que hace unos años se descubrió que la pintura de Pollock tenía un componente fractal (como el brócoli de la foto) lo cual resulta sorprendente, si tenemos en cuenta que la técnica que utilizaba, el “action painting”, consistía fundamentalmente en “salpicar con pintura la superficie de un lienzo de manera espontánea y enérgica”, palabras de Wikipedia.

Y ahora el desenlace de esta historia: Si pensamos en lo que es un fractal, una estructura que consiste en repetir el mismo patrón a diferentes escalas, y pensamos en la equivalencia motora, la capacidad que tiene el sistema nervioso para reproducir un mismo patrón con la mano, el brazo, la pierna, o cualquier otra parte del cuerpo, podríamos pensar que Pollock estaba haciendo el mismo movimiento con el brazo, la mano, los dedos e incluso con las piernas al moverse alrededor del cuadro, generando así una estructura fractal. Obviamente, Pollock no sabía lo que era un fractal, ya que éstos fueron descritos por el matemático francés Mandelbrot en 1975, veinte años después de que el pintor americano estrellara su coche en Long Island, con unas cervezas de más.

Muchas estructuras en la naturaleza son fractales. Los patrones de crecimiento de las plantas, el desarrollo embrionario de muchos animales, la estructura global de una escena visual o incluso de una cara y un largo etcétera. Todos tienen propiedades similares. No es pues extraño que las obras de arte que también tienen componentes fractales nos produzcan un efecto emotivo mayor, ya que nuestro cerebro ha evolucionado para detectar esos componentes. Lo que es más sorprendente es que, de nuevo, los artistas se hayan adelantado a los científicos a la hora de descubrir aspectos importantes de la organización de la naturaleza en general y nuestro cerebro en particular.

Et voilà! Todo lo que teníamos que decir, ya ha sido dicho.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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3 comentarios sobre “Jack “the dripper”

  1. Interesantísimo.
    Leyendo textos de este tipo las webs deportivas me causan menos furor.

    Yo en su día entendí (vagamente) aquello de que la corteza motora es el “teclado de un piano” y que una determinada neurona mueve un músculo, y además, otra neurona puede mover también ese mismo músculo, por lo que es algo más complejo que un simple teclado.

    Pero “la representación abstracta en el cerebro del objetivo que pretendemos alcanzar” … ni tengo información y lo que decís se me antoja excesivamente resbaladizo.

    Un saludo.

  2. Ya antes Delacroix sabía de manera consciente que los fractales se debían aplicar en el arte (aunque es algo que no se manifiesta en sus cuadros), cuando aconsejando a un joven pintor dijo que “un árbol se compone de árboles pequeños”.

    Y lo aplicaba inconscientemente, prácictamente en la misma época, en pintor japonés que acuñó el término “manga”, llamado Hokusai, como se muestra de forma muy clara, en el cuadro “La gran ola de Kanagawa”. También es patente por contraste la relación que sugiere en sus vistas del monte Fuji, los fractales de los arreboles de las nubes contrastando con la suavidad cónica de la montaña.

    Dos pintores muy aconsejables.

  3. Pingback: Un chiste

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