Muy bien, los grupos de gente no son idiotas aunque la gente lo sea. Pero, ¿por qué?

Si has llegado hasta aquí (y te has leído las dos entradas anteriores) ya sabes que los grupos de personas pueden no ser idiotas aunque todos sus miembros sí lo sean. Lo que quiero decir (de forma un poco exagerada y políticamente incorrecta) es que los grupos de gente pueden comportarse de forma más “inteligente” que el más capacitado de sus miembros. La pregunta que dejamos sin responder es, ¿por qué?

caramelos

Y para contestar a esta pregunta necesito poneros otro ejemplo (ya sabéis que nosotros somos muy de ejemplos). Hay un juego que es muy popular en algunos países anglosajones. Consiste en acertar (sin contarlas, claro) el número de gominolas u otros chuches (que diría Mariano) que hay en un bote de cristal o plástico transparente (como el que aparece en la foto). El juego lo gana, obviamente, aquel que acierte (o más se acerque, en su defecto) al número correcto. Yo diría que hay unas 280. ¿Cuántas cree usted que hay?

La dificultad del juego depende claramente de la forma y el tamaño del recipiente, pero lo normal es que nadie acierte el número exacto. Lo que es un poco más sorprendente es que las estimaciones de diferentes personas puedan ser tan distintas (con diferencias de incluso uno o dos órdenes de magnitud). Así que si fuésemos un observador externo al grupo y nos permitiesen elegir a un individuo y quedarnos con su predicción, prácticamente nunca ganaríamos. Sin embargo, y aquí viene lo más sorprendente, si hiciésemos la media aritmética de las estimaciones de todos los miembros del grupo nos acercaríamos mucho (muchas veces incluso acertaríamos) al número exacto de gominolas en el tarro. Claramente, el grupo funciona colectivamente mucho mejor que el mejor de sus miembros. Alucinante, ¿no? Pero ¿Por qué? ¿Por qué el promedio de las estimaciones es mejor que cualquier estimación individual?

Lo normal es que no seamos demasiado buenos estimando cuántas gominolas (o cualquier otra cosa) hay en un tarro. ¿Por qué habríamos de serlo? Cuando lo intentamos, solemos cometer distintos tipos de errores. Por ejemplo, podríamos predecir que hay muchas menos de las que realmente hay porque generalmente nos cuesta calcular volúmenes. Tenemos problemas para considerar las tres dimensiones y no nos damos cuenta de que pequeñas variaciones en el tamaño de un tarro se traducen en grandes diferencias en el número de objetos que puede almacenar. Así, un tarro que es el doble de grande que otro multiplicará su volumen por ocho (el doble en las tres direcciones del espacio) y no por dos.

También podríamos pensar que hay muchas más gominolas.  Esto podría deberse a que somos mucho más conscientes de las diferencias que hay entre números pequeños que las que separan a números muy grandes. Por ejemplo, Si creemos que hay 300 canicas (o gominolas) en el tarro no diríamos nunca que hay 350, pero si pensamos que hay 3000 dudaríamos si son realmente 3000 o, incluso, 3500. Y eso que la diferencia es, en el segundo caso, un orden de magnitud mayor que en el primero. Estos dos errores (y otros parecidos o relacionados) nos harían producir estimaciones muy alejadas, por abajo o por arriba, del número real.

También puede pasar que seamos muy buenos estimando el número de gominolas en el tarro. Aún así, seguramente nuestro método de medida, cuidadosamente desarrollado después de mucho entrenamiento, no será lo suficientemente preciso como para garantizarnos acertar en cada intento. Acabaremos cometiendo errores, pequeños eso sí, pero que alejan nuestra predicción del número real. Estos errores son aleatorios e independientes entre distintas personas, con lo cual, al calcular el promedio, se cancelarán unos a otros. Igual que tenderán a cancelarse los errores sistemáticos a la alta con los errores a la baja mencionados en el párrafo anterior. El resultado es que el promedio de todas las predicciones (si estas son suficientemente numerosas) se acercará mucho a la cantidad real de gominolas en el tarro. ¡Fantástico! Ya sabemos porque la colectividad puede ser mejor que el mejor de sus individuos.

Un “juego” parecido se ha venido utilizando con relativo éxito para predecir la evolución futura de ciertos mercados, tanto económicos (como la bolsa) como de cualquier otra naturaleza. Se ha aplicado a la predicción del resultado de las elecciones a presidente de los Estados Unidos, los nominados y ganadores de los Oscar de Hollywood, etc. Y, en estos casos, casi siempre con unos resultados magníficos. No es de extrañar, por lo tanto, que algunas empresas (como HP por ejemplo) hayan decidido utilizarlo para estimar el comportamiento que un producto tendrá en el mercado antes de lanzarlo.

Pero, y ahora vienen las malas noticias, no siempre los grupos son más “inteligentes” que los individuos que los forman. De hecho, en su libro, Surowiecki identifica situaciones en las que grupos de gente toman muy malas decisiones (la burbuja inmobiliaria en España, la crisis de las empresas “.com” o la actual crisis económica mundial serían buenos ejemplos recientes). Él sostiene que hay cuatro criterios básicos que distinguen un grupo “inteligente” de uno “irracional”. Primero, diversidad de opinión. Cada persona debe, basándose en una interpretación privada de los hechos, tener una opinión propia, por muy excéntrica que ésta parezca. Segundo, independencia. Las opiniones de la gente no pueden estar determinadas por las opiniones de otros miembros del grupo. Tercero, descentralización. Idealmente, la gente debería tender hacia la especialización, utilizando para tomar decisiones información propia de cada especialidad. Si el grupo es muy homogéneo, las opiniones no pueden ser muy diversas. Y cuarto, agregación. Debe, por supuesto, existir algún mecanismo que permita transformar las opiniones privadas e individuales de cada miembro del grupo en una decisión única colectiva. Si no se cumple una o más de estas premisas, lo más probable es que el grupo se comporte de forma irracional. Es curioso que, en cuestiones políticas por ejemplo, violemos de manera tan llamativa estas cuatro condiciones. Normalmente los votos de nuestros diputados en el parlamento o los de la inmensa mayoría de la población en las elecciones están teledirigidos por el “líder (o líderes) carismático(s)” que todo lo controla(n).

La gente que mantiene sus opiniones en contra de la masa (por muy impopulares que sean) es, por lo tanto, imprescindible para la higiene democrática de una sociedad como la nuestra. Si no creamos los instrumentos necesarios para que esto suceda, nuestra sociedad sólo será tan “inteligente” como los líderes de los partidos políticos (televisiones, radios y periódicos) que nos representan. Iba a decir que sólo seremos tan “inteligentes” como el más inteligente de nuestros conciudadanos, pero eso, desgraciadamente (tal como está el patio), no parece que sea el caso.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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