Breve ensayo sobre la ceguera (cotidiana) -¡gracias Saramago!-

Muchas cosas nos quedaron por decir en la última entrada. Pero hoy el guión (nosotros somos muy de guión) nos lleva a otros asuntos…

Y es que también tenemos muchas cosas que decir acerca de la ceguera por falta de atención, de la que, como vimos, se aprovecha gente como Apollo Robbins para, en el mejor de los casos, tomarnos el pelo o hacernos un truco de magia. Esta propiedad está relacionada con otros fallos de conciencia más generales como la ceguera al cambio. En percepción visual, la ceguera al cambio es el fenómeno que ocurre cuando al observar una escena visual, cambios muy obvios en la misma, nos pasan completamente desapercibidos.

Normalmente, para que se produzca, los cambios en la escena han de ocurrir o bien muy lentamente, o bien coincidiendo con algún tipo de discontinuidad visual: parpadeos, un oscurecimiento súbito de la imagen, movimientos sacádicos de los ojos – como los que realizamos al leer un texto, etc. Por norma, sólo seremos capaces de detectar los cambios en una escena cuando seamos capaces de comparar la imagen que vemos con la memoria de ella que hemos almacenado antes de que se produjese la discontinuidad. Cualquier fallo en el almacenamiento o la comparación de la información relevante de la escena produce ceguera al cambio. Es por ello que el fenómeno se estudia habitualmente utilizando modelos de memoria visual a corto plazo.

Pero bueno, basta ya de este estilo “documentales de la 2”, ¿por qué vuelvo de nuevo sobre esta “historia” de la ceguera sensorial?

Antes de contestar quisiera que vierais este video de Richard Wiseman que muestra el efecto de una manera muy convincente utilizando un truco de magia.

Si no lo podéis ver, el vídeo está aquí.

Si habéis visto el video hasta el final, os habréis dado cuenta de que el truco de magia era sólo el vehículo (el “MacGuffin”, que diría el gran Hitchcock) para demostrar lo ciegos al cambio que realmente estamos en nuestra vida cotidiana. ¡Y eso que vosotros ya estabais advertidos de que algún cambio se iba a producir en la escena! Pensad en la cantidad de cosas que pasamos por alto en cualquier otra situación.

A bote pronto puedo pensar en al menos dos consecuencias fundamentales que se derivan de nuestra ceguera al cambio: una buena y una mala. Primero, como siempre, la mala.

El otro día hablaba del tema con una amiga americana (de Estados Unidos más concretamente) a la que habían convocado como jurado. Ella también es científica y los dos estábamos de acuerdo en que los nuevos descubrimientos de la neurociencia tienen el suficiente calado como para forzarnos a replantear nuestra visión tradicional del mundo y, cómo no, también nuestro ordenamiento jurídico.

La jurisprudencia no puede por más tiempo permanecer ajena a nuestro conocimiento sobre el funcionamiento del cerebro humano. Por ejemplo, se ha demostrado en numerosas ocasiones que el relato de un testigo ocular resulta mucho más convincente que el más exhaustivo de los análisis científicos de la escena de un crimen. Esto es muy importante, sobre todo en los juicios basados en el dictamen de un jurado popular (fácilmente influenciable), como sucede en Estados Unidos y cada vez con más frecuencia en nuestro país. Y fijaos que no quiero decir que esto sea peligroso por la posibilidad de que un testigo ocular, de forma interesada, mienta conscientemente. No, esa posibilidad siempre existe, y la ciencia lleva años desarrollando mecanismos más o menos eficaces para detectarlo. Lo que quiero decir es que el peligro está en el testigo ocular que cree firmemente estar diciendo la verdad. Está en el testigo al que creeríamos a pies juntillas, como si fuese nuestro hermano porque, a fin de cuentas, aunque su relato de los hechos no sea correcto, él, técnicamente, no está mintiendo. Es inevitable que, a la luz de los nuevos descubrimientos científicos, frases como “lo vi con mis propios ojos” pierdan, al menos judicialmente, parte de su sentido y los hechos pasen a verse con “otros ojos”, los ojos de la ciencia.

La buena noticia es que, el que seamos fundamentalmente ciegos a una gran parte de los cambios que se producen a nuestro alrededor es evolutivamente muy ventajoso, ya que la mayoría de ellos son “irrelevantes” para nuestra supervivencia. No importa en absoluto que no los procesemos. Todo lo contrario, el no hacerlo nos permite optimizar nuestros escasos recursos cerebrales.

¡Y también nos permite disfrutar del cine! Pues resulta que somos especialmente ciegos a los errores de edición que se producen en películas comerciales durante el proceso de montaje. Y eso a pesar del intenso escrutinio al que son sometidas durante la producción .

Si no lo ves, el vídeo está aquí.

De no serlo, las películas tendrían que grabarse en una sola toma, o simularlo al menos como ocurre en “La soga” de Alfred Hitchcock. Sería de justicia que un día, un cineasta al recibir el premio (cualquiera) al mejor montaje, se lo agradeciese, además de a su familia, compañeros, amigos y medio santoral, a unos cuantos millones de años de evolución.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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