¡Atención!

Comentábamos en una de nuestras últimas entradas que Apollo Robbins, el “mago-carterista” es un genio controlando el flujo de atención en su audiencia (esto es, sus víctimas). Hoy estoy en Chicago, en pleno congreso de la Sociedad Americana de Neurociencia, y ante una audiencia de más de 30.000 (sí, ¡treinta mil!) neurocientíficos de todo el mundo, Apollo Robbins se dispone a demostrarlo…

El espectáculo ha terminado. Ha sido asombroso ver cómo cautivó a una audiencia que a priori podría parecer complicada. Esto me reafirma aún más en algo que hemos afirmado muchas veces antes: el conocer la (o una) explicación biológica de fenómenos cognitivos y sociales complejos, como el arte o el amor, no nos impide disfrutar de ellos. Muy al contrario, cada vez estoy más convencido de que ese conocimiento intensifica la experiencia, como el calor del cuerpo potencia el olor de un perfume.
Así que, inspirado por su brillante actuación, me dispongo (de nuevo) a destripar lo que, desde un punto de vista neurocientífico, queremos decir cuando hablamos de atención. Tal vez así, ninguno de los lectores de este blog caerá en la tentación, al ver el video de Apollo Robbins , de pensar “…esto jamás me habría pasado a mí. Yo me habría dado cuenta de que me está quitando el reloj…”.

La atención es una cosa muy curiosa. Científicamente se podría definir como el proceso cognitivo que consiste en concentrarse selectivamente en un aspecto de nuestro ambiente, entendido éste en el sentido amplio de nuestro contexto vital (que incluiría también nuestros pensamientos) mientras ignoramos otras cosas. La atención, por lo tanto, es el reflejo de nuestra capacidad “logística” de asignar nuestros limitados recursos cerebrales (de los que también hemos hablado anteriormente) a distintas tareas a lo largo del tiempo y/o el espacio.

calvin

La atención puede dirigirse a voluntad. Esto es importante, y ya lo sabemos desde que somos muy pequeños. Recuerdan el soniquete “habla cucurucho que no te escucho”, proferido a grandes gritos y con las orejas tapadas, con el que intentábamos silenciar (y torturar de paso) a nuestros amigos y/o familiares cuando nos decían algo que no queríamos oír. Bueno, pues esa es la versión más primitiva, y me atrevería a decir que ineficaz, de una serie de mecanismo cerebrales que nos permiten seleccionar aquello a lo que queremos prestar atención.

En neurociencia, a esta capacidad le llamamos el efecto “cocktail party”, un término que fue acuñado por Colin Cherry en 1953, y que describe nuestra habilidad para, en una fiesta muy concurrida, escuchar sólo una de las múltiples conversaciones (aunque no sea aquella en la que estamos implicados) a pesar del gran ruido de fondo. Este paradigma experimental se utiliza mucho actualmente, no sólo en Neurociencia, sino también, por ejemplo, en el diseño de nuevos instrumentos informáticos para seleccionar de forma específica distintas fuentes de entrada de información en canales ruidosos. Eso sí, como hemos dicho en tantas otras ocasiones, todavía queda mucho por hacer. El esfuerzo ahora se dirige a comprender bien los mecanismos neuronales responsables de ésta capacidad tan útil del cerebro humano.

Pero lo que resulta más complicado es creer que nuestra atención pueda ser controlada también por factores externos, ajenos a nosotros, que pueda ser “dirigida” en definitiva por nuestro ambiente. Y dirigida de tal forma que pueda acabar incluso por confundirnos y, llamativamente, permita que nos roben todo lo que llevamos encima.

Les pondré un ejemplo. Escojan una carta de las siguientes y recuérdenla…

cartas_todas

Cuando lo hayan hecho bajen más abajo en la página…

cartas_sin_una

¡¡¡¡¡LA HE ADIVINADO Y LA HE RETIRADO!!!!!!

¿O no?

Este es un truco de magia muy conocido. En realidad las he cambiado todas. Pero al solicitaros que escogierais una carta y la recordarais no habéis prestado atención a las demás y por eso no os habéis dado cuenta de que lo único que he hecho ha sido cambiarlas todas y sacar una al azar. De esa forma, no importa que carta hayáis escogido, siempre la habré retirado del montón.

A este fenómeno se le conoce como “inatentional blindness” o ceguera por falta de atención. Y el término lo acuñó Daniel Simons de la Universidad de Illinois. Él lo definió como la incapacidad para detectar un objeto plenamente visible aunque inesperado porque la atención estaba a otra tarea, a otro evento o a otro objeto.
Para demostrarlo, Dan utiliza en sus estudios situaciones reales tan llamativas como la que aparece en el este video.

Creo que sobran los comentarios, pero por mucho que nosotros creamos que nos daríamos cuenta del cambio, la verdad es que la inmensa mayoría no lo hacemos. Incluso aunque los dos sujetos (los experimentadores) no se parecían mucho y sus voces eran muy diferentes, aproximadamente el 50 % de los sujetos experimentales no se dieron cuenta del cambio. Curiosamente, los que se dieron cuenta pertenecían mayoritariamente al mismo grupo social (estudiantes) que los experimentadores y los que no tendían a ser mayores (profesores). Para no llegar a sacar conclusiones precipitadas sobre las capacidades de unos y otros, Dan y su equipo hicieron un segundo estudio

Para explorar el efecto que tiene en nuestra capacidad de detectar cambios la pertenencia o no al mismo grupo, los dos mismos investigadores se vistieron de trabajadores de la construcción. Al no pertenecer ahora al mismo grupo que los estudiantes, éstos dejaron también de notar el cambio…

Internas o externas, las reglas y mecanismos neuronales que controlan nuestra atención han sido seleccionadas a lo largo de la evolución. Lo que a mí me sigue llamando la atención es que, como siempre, Apollo Robbins y sus acólitos las han descubierto mucho antes que nosotros los científicos.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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