Desde todos los puntos de vista

Las cosas nunca son como la primera vez que las vemos. La primera impresión no es la que queda y además desaparece muy rápidamente. A medida que vamos conociendo mejor a una persona o un objeto, nuestra interpretación de ella o él cambia, toma matices. Pimero matices gordos y luego matices más refinados. Todo para conformar un concepto que seguirá evolucionando. Porque el tiempo pasa. Siempre.
Y entonces, conocer algo o a alguien supone muchos niveles de conocimiento. Por ejemplo, en el caso de una persona, podemos conocer a alguien por una foto, en la que podemos ver un único gesto, podemos conocerla de vista, haber hablado con ella una vez, mil veces, ser su amigo de la infancia o casarnos con ella hasta que la muerte nos separe…
Y si nos casamos con ella y un día encontramos en un cajón la foto gracias a la cual la conocimos, no veremos tan sólo el gesto que aparece en la foto. Veremos todo lo que sabemos de ella: la veremos alegre, triste, enfadada, irónica, veremos su cara pero también su espalda… Porque todas esas cosas forman parte del concepto que tenemos de ella.

Con los objetos pasa algo parecido. Cuando miramos una silla como la de más abajo a la izquierda, no sólo la estamos interpretando desde la perspectiva desde la que la estamos viendo. Por eso la silla de al lado no deja de ser una silla.

sillas III

A principios del siglo XX,  los cubistas descubrieron este truco que utiliza el sistema visual para procesar la información que recibe del exterior y decidieron sacar partido de su hallazgo. Como hicieron Monet, Renoir y los demás  pintores impresionistas, Picasso y sus colegas dejaron de pintar las cosas como son, y empezaron a pintarlas como las vemos, como las interpretamos. ¿Qué más da que un paisaje tenga muchos más detalles que los que pintaba Monet si nosotros no los vemos? ¿Qué más da que una cara no tenga la nariz al lado de la nuca si nuestra interpretación de ella va ponerlas juntas? Como dice mi abuela: ¿qué más da comerse los macarrones con las natillas si al final todo acaba en el estómago?

El cubismo nos enseñó que la perspectiva es un atributo local en una escena y que nunca se procesa en el cerebro de forma global. Tal vez porque hacerlo de otro modo sería contraproducente ya que nuestro punto de vista (en sentido literal) cambia continuamente: movemos la cabeza, los ojos, nos movemos nosotros, las cosas se mueven… La vista relativa que tenemos de un objeto cambia a cada instante.Mandolina Picasso
Y resulta que recientemente (un siglo después) se ha descubierto que las células de la corteza inferotemporal, situada al final de la vía visual ventral  (de la que ya hemos hablado) y encargada de analizar la identidad de los objetos en una escena, son insensibles a cambios en el tamaño, orientación o posición relativa de los objetos. El cubismo nos permitiría ir un poco más allá y predecir que dichas células son también insensibles a cambios en su perspectiva.
Y si esto fuese así, estas células deberían activarse de forma más poderosa ante la visión “Picassiana” de una “chica con mandolina” o la de la silla de David Hockney.

Y tendríamos, pues, una respuesta más a la pregunta “¿por qué funciona el arte?”

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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4 comentarios sobre “Desde todos los puntos de vista

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