Las respuestas

Esta no será la entrada que prometimos, y esta vez, no por llevarle la contraria al destino, sino porque creo que no podemos desaprovechar las pocas oportunidades que nos dan para discutir.
Así pues, intentaremos responder a las preguntas acerca del arte y sus múltiples significados que Santiago Gerchunoff nos hace en la última publicación de su blog.

Allá voy:

Para empezar por el principio, creo que deberíamos aclarar las bases de la discusión. Porque cuando Santiago habla de “reduccionismo fisicalista”, ¿quiere decir que no podemos explicar por qué nos gusta el arte únicamente a partir de la física? Si eso es lo que quiere decir, entonces nuestra posición es claramente la opuesta. Cualquier sensación que nos pueda producir un cuadro, una canción, un poema, una escultura o cualquier otra cosa, sea arte o no, está anclada necesariamente en la física del cerebro. Si algo te gusta, te da asco, te pone triste o te excita es simplemente porque ha activado tu cerebro de una forma determinada, ni más ni menos. Incluso aquellas imágenes cargadas del significado simbólico más enrevesado, personal e intransferible en que uno pueda pensar tienen sentido y alteran nuestro estado de ánimo exclusivamente porque son capaces de generar asociaciones en nuestro cerebro. Todo, absolutamente todo, está ahí, físicamente representado, en el cerebro y sólo en el cerebro. ¿Cómo podría ser de ninguna otra forma?

Pero de todas formas, y para responder a la primera pregunta que Santiago hace en su entrada (¿No juegan ningún papel en la experiencia artística, en el éxtasis de Sthendal, los motivos simbólicos de los cuadros que contemplaba?), nos gustaría aclarar que nosotros no pretendemos explicar los motivos simbólicos del arte, que son por supuesto muy importantes a la hora de entenderlo y disfrutarlo. Es obvio que son factores culturales los que determinan, por ejemplo, qué tipo de Arte nos gusta y por qué pueden cambiar nuestros gustos a lo largo del tiempo, etc. Pero lo cierto es que eso es puramente coyuntural, propio de cada cultura, época y lugar y, por lo tanto, lo que menos nos interesa en este momento. Lo que nosotros queremos explicar (o más bien comprender) es qué es Arte desde un punto de vista biológico. Pretendemos descubrir cuáles son los mecanismos que, genéticamente especificados y perfeccionados durante el desarrollo y los primeros años de nuestra vida, nos capacitan para crear y disfrutar obras de arte, sea cuál sea su carga simbólica, estilo, forma, etc. Es decir, ya se trate de una pintura san en el Kalahari, de una obra de Monet, o de un jardín zen japonés. Todas estas representaciones artísticas funcionan porque activan ciertas regiones del cerebro de una manera similar. Eso es lo que a nosotros nos interesa.

Con respecto a la segunda pregunta (¿Qué pasa con las pinturas que no representan en principio nada “agradable”?), diré que nunca pretendimos explicar por qué nos gusta el arte. La idea es explicar, siempre desde el punto de vista biológico, por qué nos conmociona el arte, por qué nos genera las sensaciones que nos genera, buenas o malas… El arte, si es Arte, nunca deja indiferente.

¿Y por qué no todo el mundo ve el arte de la misma forma? Primero porque, como ya hemos dicho, cada obra tiene un significado simbólico, un código, que no todo el mundo conoce porque depende de factores contextuales. Pero además, no todo el mundo tiene estructurado el cerebro del mismo modo (en realidad el primer argumento está contenido en este segundo, ya que si una persona no conoce algo que otra sí conoce es porque sus cerebros están estructurados de forma distinta). Algo de lo que casi nadie somos conscientes es de que nuestra capacidad de interpretar el mundo visualmente ha de aprenderse, igual que aprendemos a caminar o a hablar, durante los primeros años de nuestra vida. No sólo ver Arte requiere un aprendizaje. Cuando nacemos, nuestro cerebro es tremendamente plástico y las conexiones de su sistema visual se van refinando en función de nuestra experiencia sensorial, crecimiento de los ojos y de la maduración de otras estructuras sensoriales. Y cada uno de nosotros aprende a ver de una manera determinada; todas ellas similares, claro, y todas nos capacitan para entender el mundo por igual, de lo contrario no sobreviviríamos. Pero entonces, ¿tampoco podríamos hablar de un significado biológico universal? Bueno, yo diría que sí. El Arte es tan universal como, por ejemplo, el lenguaje. Un chino y un escocés no podrían hablar ni una palabra entre ellos, pero los dos tienen un lenguaje anclado en la física del cerebro. Y basándome en esa física, yo puedo hablar de qué cosas tienen en común sus idiomas. La capacidad de hablar, como el Arte, es biológicamente universal. Los idiomas son derivaciones locales, contextuales, igual que el significado simbólico del Arte.
Por poner un ejemplo visual: cuando los primeros exploradores blancos llegaron a la selva amazónica y se encontraron con tribus que nunca habían tenido contacto con el hombre civilizado, una de las cosas que les llamó la atención fue que los miembros de dichas tribus no eran capaces de “ver”, es decir, de entender, las fotografías que les hacían. Nunca se habían enfrentado a representaciones bidimensionales del mundo (fuera de sus retinas, claro) así que no sabían como interpretarlas. Su cerebro no sabía qué hacer con la información que le llegaba de una forma aparentemente tan antinatural.
Creo que a nadie le sonaría raro que yo explicase, sólo desde un punto de vista biológico, cómo nuestro cerebro es capaz de ver una fotografía. Y, yendo un poco más allá, podría explicar cómo nuestro cerebro es capaz de interpretar la luz, el color, la estructura de una fotografía. Y, llegados a este punto, podría explicar por qué ciertas fotografías nos emocionan sólo a partir de la combinación de la luz, el color, la estructura de la escena…

A la pregunta de ¿por qué no nos drogamos directamente?, responderé que la mayoría de la gente ya lo hace. El alcohol, el tabaco y otras cosas menos legales son drogas de uso bastante frecuente que nos hacen sentir mejor. Y lo hacen utilizando (en realidad usurpando) los mismos mecanismos que utilizan tantas otras cosas que nos hacen sentir mejor, como el arte, las relaciones sociales, el amor, etc… Con esto vuelvo al primer punto de la discusión: todo está anclado en la física del cerebro. El arte, como las drogas, la paella, Brad Pitt o Megan Fox, nos gusta (o disgusta) porque activa nuestro cerebro de una forma determinada, ya sea debido a la estructura física de la imagen, a su significado simbólico o a ambos simultáneamente.

Quería decir algo también acerca de Husserl, el “psicologismo” y otras “peligrosas tentaciones para nuestros ingenuos razonamientos”. El clásico ejemplo de la calculadora, en el que se dice que las operaciones físicas necesarias para llevar a cabo cualquier cálculo nada tienen que ver con la operación matemática que se realiza a su través es muy ilustrativo. Y también muy bueno para nuestros propósitos. No existe ninguna diferencia entre la operación matemática “suma”, por ejemplo y su desarrollo físico en la calculadora mediante una operación AND realizada por dos microchips. Son simplemente dos códigos distintos para expresar la misma cosa. Con el cerebro pasa lo mismo. Si pensamos por ejemplo en el concepto de libertad, cualquiera de nosotros sería capaz de explicar más o menos qué es. Para ello utilizaríamos, si fuese posible, nuestra lengua materna, que es en la que mejor nos desenvolvemos. Pero ¿qué diferencia hay entre el español (por ejemplo) y el código que utiliza el cerebro para guardar el concepto de libertad? ¿Por qué puedo explicar lo que significa la libertad con el español y no con las conexiones que establece mi cerebro para representarla? Que no lo entendamos no quiere decir que esté en otro plano, de la misma forma que nadie diría que el chino está en otro plano.

Para acabar pondré un ejemplo (con abejas) de cómo a partir de estructuras físicas más o menos complejas emergen propiedades que no pueden deducirse fácilmente del comportamiento de sus componentes individuales:

Durante mucho tiempo, los científicos trataron de encontrar el mecanismo por el cual las abejas consiguen mantener su colmena a la misma temperatura durante todo el verano. Esta sencilla característica puede llegar a ser una ventaja evolutiva crucial, sobretodo si pensamos que algunas colmenas llegan a contener 80.000 individuos.  ¿De dónde sacan las abejas este climatizador? La idea es muy simple y por ello  muy buena: cada individuo de la colmena tiene una tolerancia ligeramente diferente al calor. Esto hace que cada uno comience a aletear, como si fuera un ventilador, a un rango de temperaturas característico y ligeramente diferente que viene determinado por las variaciones alélicas de un único gen. Si todas las abejas aleteasen a la vez, la cosa nunca funcionaría, pero esas pequeñas diferencias genéticas hacen que cada vez le toque a un grupo de ellas aletear, mientras las otras se relajan con el aire fresco… Ya está, sólo esto es suficiente para que consiga sobrevivir al caluroso verano, pero hasta hace muy poco no habíamos sido capaces de predecirlo.
A nadie se le ocurriría decir que esta propiedad de las colmenas está en otro plano. ¿Por qué con cuestiones más cercanas, de naturaleza cognitiva y que afectan al modo en que entendemos el funcionamiento de nuestro cerebro, y a nosotros mismos, sí caemos en la tentación?

Y ahora una cita de Groucho Marx, que de estas cosas sabía mucho más:

Well, Art is Art, isn’t it? Still, on the other hand, water is water. And east is east and west is west and if you take cranberries and stew them like applesauce they taste much more like prunes than rhubarb does. Now you tell me what you know.

Mañana más respuestas a otras preguntas.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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5 comentarios sobre “Las respuestas

  1. Antes que nada: muchas gracias por las respuestas y el tiempo tomado para elaborarlas. Hay muchísimo para comentar en cada párrafo. Intentaré ser lo más breve y directo.
    Por lo menos estamos de acuerdo en la localización de aquello en lo que no estamos de acuerdo. Ustedes vienen a decir que se puede explicar “por qué nos gusta el arte” UNICAMENTE a partir de la física. Yo sostengo que UNICAMENTE con la física no podemos ni siquiera empezar a esbozar esa explicación. Sin embargo nuestra mayor diferencia en este punto inicial (y general) está en lo que entendemos por “por qué” (en el tipo de causa a la que aludimos con esa expresión).
    Yo no tengo dudas de que todo lo que “nos ocurre” implica o supone un correlato físico-cerebral. Pero creo que describiendo “lo que” ocurre cerebralmente cuando nos gusta una imagen, no tenemos ni la más remota idea de “por qué” nos gusta esa imagen. En este sentido creo que ustedes tienen una tarea fundamental en sus manos: investigar, describir, descifrar “qué” pasa con nuestro cerebro cuando algo nos conmueve. Pero no creo que esta tarea tenga nada que ver con entender “por qué” eso nos conmueve. Imaginemos a un espectador que se conmueve ante una instalación de arte contemporáneo cuyo título es “Progreso” y que consiste en la reproducción en bucle de las imágenes del hongo atómico de hiroshima y posteriormente de los cadáveres carbonizados de las víctimas. No tengo duda de que sus reacciones cerebrales son analizables por la neurociencia. Pero en la medida en la que la neurociencia ignora (no cuenta con) -como es lógico- el significado histórico, moral, simbólico de la bomba atómica, creo que poco puede decir de “por qué” al espectador se le saltan las lágrimas, le aumenta el ritmo cardíaco y en última instancia prefiere no ver, se tapa los ojos.
    No digo que la neurociencia no sirva, por favor entiendanme, digo que no sirve para esto. No digo tampoco (en abslouto) que la retórica, la sociología del arte y la historia del arte agoten el discurso sobre el arte. Pero no creo que se pueda despreciarlas o prescindir de sus análisis en favor de ningún “unicamente” físico-químico.

    Bueno, esto se está extendiendo demasiado. Les pido disculpas. Me referiré a las otras respuestas en otros comentarios

    Saludos y gracias otra vez por discutir.

    Santiago Gerchunoff

    1. Hola Santiago,

      Pero si lo que provoca que un espectador se conmueva al ver una imagen del hongo atómico de Hirosima no está en la física del cerebro, ¿dónde está? Es que no puede estar en otra parte, no hay nada más. El significado histórico, moral y simbólico que hacen que el espectador se emocione tienen que estar guardados en su cerebro de alguna forma y siguiendo algún código. Y, ¿qué diferencia existe entre explicar lo que supone esa masa de humo en forma de champiñón con palabras que conexiones neuronales? Si estas conexiones neuronas están en otro plano, ¿lo están también el español y el significado histórico de esta imagen? Yo creo que no. Cualquier concepto que podamos concebir más o menos abstracto, necesita un soporte físico, si no, no existe.
      Y es verdad que todavía no conocemos lo suficiente sobre el cerebro como para saber lo que alguien está pensando o sintiendo sólo con estudiar la actividad de sus neuronas, pero que no conozcamos el código no quiere decir que existan dos planos distintos. Si algún día llegamos a entender perfectamente el cerebro, seremos capaces de explicar hasta el más sutil de los placeres (o sufrimientos) que una persona pueda sentir sólo con imágenes del cerebro. Sólo con física.

      Bueno, espero que haber explicado un poco mejor nuestro punto de vista. Si no, seguiremos discutiendo.

      ¡Y muchas gracias por discutir con nosotros!

  2. Un duda que me asalta: “Todas estas representaciones artísticas funcionan porque activan ciertas regiones del cerebro de una manera similar”. ¿Y la percepción normal no activa también zonas del cerebro?¿Y entonces en qué se diferencia la percepción del “mundo real” (de objetos-físicos-que-no-son-arte) de la percepción de un objeto-obra-de-arte? ¿No serían los mismo, percepción sensorial pura y dura?
    Gracias, seguid así, buenísima la discusión.

  3. Manuel y Luis, hola otra vez. Voy a decir sólo dos o tres cosas más por ahora, porque esta discusión es muy larga y no tengo dudas de que la podremos ir continuando en otros artículos y comentarios.

    En mi comentario anterior ya dije

    “Yo no tengo dudas de que todo lo que “nos ocurre” implica o supone un correlato físico-cerebral…”

    En esto estamos de acuerdo y también en que no puede haber otro lugar en el que se aloje la información histórica, simbólica, moral, etc., que no sea el cerebro. Pero yo creo que hablar sobre arte, discutirlo, entender sus mecanismos, sus herramientas, su evolución es hablar sobre esa información (y el MODO en que es presentada) y no sobre el lugar en el que se aloja.

    Como dije también en mi comentario anterior:
    “creo que describiendo “lo que” ocurre cerebralmente cuando nos gusta una imagen, no tenemos ni la más remota idea de “por qué” nos gusta esa imagen”

    En esto no creo que podamos avanzar mucho en la discusión, porque simplemente nos interesan cosas distintas: a ustedes les interesa el “soporte” físico (biológico) del arte y a mi, el arte más allá de su soporte físico (biológico).

    Pero lo que sí quiero discutir todavía es la idea (que me sigue pareciendo -con perdón- reduccionista, unidimensional o tuerta) de que lo que buscamos en el arte (o lo que encontramos en él) es meramente “placer”, lo mismo que buscamos (o encontramos) en las drogas. Esta era la idea central de vuestro artículo “El arte es una droga”, con el que decidí discutir.
    Si se tratara de lo mismo, el arte sería reemplazable por las drogas (y viceversa). Cuando leo a Proust o a Dostoievski, lo hago ávido de verdad, de conocimiento, de belleza. Lo que consigo, en todo caso, es algo que ninguna droga podría proporcionarme. Cuando consumo opiáceos, lo hago ávido de paz, distensión, placer. Vale, quitemos las palabras altisonantes y concedamos a los neurocientíficos que todo, verdad, belleza, distensión, etc. se aloja en el cerebro…Digo (y creo que esto se puede entender y compartir muy fácilemente) que lo que busco (o encuentro) cuando leo una novela (o miro un cuadro) no tiene nada que ver con lo que busco (o encuentro) cuando hago el amor, tomo tequila o fumo crack. De otro modo, estas aficiones serían intercambiables entre sí. Pero no lo son: a mi (a mi cerebro, está claro) me ocurre que el deseo de leer una novela río no puede ser nunca saciado por una cerveza, un cafe o un porro (y viceversa y en cualquier combinación que se os ocurra). Por eso, tampoco estoy de acuerdo en que las drogas “usurpen” (expresión henchida de ideología) nada y mucho menos el lugar del amor, las relaciones sociales o el arte. ¿Cómo podrían?

    Saludos

    Santiago Gerchunoff

  4. Pingback: » punto de fuga

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