La hierba de mi vecino

Siempre me ha gustado ir al campo. El aire huele mejor, las cosas son del color que son, y no del color que alguien quiso darles, y sobretodo siempre tengo la sensación de que estoy haciendo algo saludable. Creo que, aunque hubiese un volcán en erupción a pocos kilómetros de distancia convirtiendo el aire en irrespirable y nefasto para mi salud, yo sentiría que estoy haciendo algo saludable.

Una de las pocas cosas que desafían mi relajación cuando voy al campo es lo difícil que resulta encontrar un buen sitio para sentarse a comer el bocadillo. Cada vez que llegas al lugar que alguien había señalado desde lejos, te das cuenta de que otro de los integrantes del grupo ha encontrado uno mejor, un poco más lejos y que ciertamente parece más acogedor. Y así, si sois suficientes, acabáis recorriendo todo el valle para dar fe de que todo él está embarrado.

Entonces, si todos son iguales, ¿Por qué el sitio que has elegido tú es peor que todos los que lo rodean?

Veamos, parece que la distancia juega a favor del aspecto de la hierba. Cuanto más lejos, más bonita parece. Cuanta menos información tenemos sobre ella, más cerca está de lo que entendemos por un buen prado. Pero el caso es que nosotros no somos conscientes de esta falta de información. Sin darnos cuenta la estamos remplazando por otra, utilizando lo que sabemos sobre la hierba, el concepto que tenemos de ella. Y nuestro concepto de hierba es el de una alfombra verde y mullida, sobre la podríamos andar descalzos sin hacer el más mínimo ruido, sin mancharnos de barro, sin pisar ningún bicho…

Y así (una vez más), el cerebro está rellenando la información que falta de la mejor manera posible. De la misma forma que las serpientes de Kitaoka se movían sin remedio aunque nuestra razón nos dijese que no era así, el césped del vecino siempre será mejor que el nuestro, porque nuestro cerebro decide que todo lo que el sistema visual no le puede decir acerca de él porque está demasiado lejos, es de la mejor forma posible. El césped del vecino se parece más a nuestra idea de césped que el de nuestro jardín, que hay que limpiarlo todos los domingos, que tiene hormigas por todas partes y un charco enorme en la parte del fondo porque el riego automático no funciona como debería funcionar.

Existe un estudio realizado por el neurocientífico Moshe Bar y que está relacionado con esta idea. En él, se presenta a los sujetos las dos imágenes de abajo. Las dos están filtradas de tal forma que sólo están presentes en ellas las bajas frecuencias (). En la primera se ve lo que podría ser el lavabo de un cuarto de baño al lado del cual hay un secador. En la segunda vemos lo que parece una mesa de carpintero, sobre la que hay una taladradora.

taladrosecador

El experimento consiste en presentar de forma rápida las dos imágenes y preguntar al sujeto cual era el objeto que estaba al lado del lavabo o encima de la mesa. Dicho objeto es siempre el mismo, es decir, la información que nos llega del sistema visual sobre él es idéntica en las dos imágenes. Sin embargo, la gran mayoría de los sujetos decide que ve un secador en la primera imagen y un taladro en la segunda. Así, de la misma forma que en el caso de la hierba el cerebro rellenaba con la información que tenía a priori gracias a nuestro concepto de prado, ahora el cerebro está rellenando con la información contextual que posee.

Por lo tanto, entendemos el mundo exterior asociando lo que percibimos de él a la idea que nosotros mismos tenemos de cómo es. Esto da pie a que nos imaginemos las cosas mejores (o peores) de lo que son, o a que demos por hecho que son lo que deberían ser teniendo en cuenta el contexto en el que se encuentran. Y da pie también a aspectos mucho más importantes que el envidiar el jardín del vecino. Uno de ellos es el arte (próximamente), que necesita de estas asociaciones para poder provocarnos las sensaciones que nos provoca…

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

: Para explicar qué son las bajas y las altas frecuencias de una imagen, creo que lo mejor es una imagen:

altasbajasfrecuencias1

La primera imagen está en altas frecuencias, en ella se aprecian muy bien los detalles. La imagen de la derecha está en bajas frecuencias. La información que contiene esta imagen se procesa de forma más rápida que la información que contienen las altas frecuencias. Por lo tanto, la información contextual influye en las decisiones que tomamos acerca de los objetos que hay en la escena.

Luis M. Martínez Otero y Manuel Molano Mazón

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8 comentarios sobre “La hierba de mi vecino

  1. Supongo que esto también explica por qué somos capaces de encontrar un objeto determinado en el desorden (porque buscamos una cosa “roja” y “redonda”, por ejemplo) o por qué no reconocemos a alguien a quien imáginábamos “más alto” o “más guapo”…¿no?

    1. Creo que aquí hay dos cosas distintas: cuando buscamos una cosa y sabemos, por ejemplo, de qué color es lo que se produce es el fenómeno conocido como “perceptual pop out”: estamos preparados para localizar todo lo que sea rojo y por eso lo encontramos más fácilmente. La explicación fisiológica podría ser la siguiente: las neuronas de corteza mandan la orden a las capas más tempranas de la vía como la retina (conexiones feedback) para que estén más atentas a ciertas características de la escena. Ese estar más atentas se traduce en que las neuronas que responden, por ejemplo, al rojo están más activas y “disparan” con mayor facilidad que las otras…

      El hecho de que no reconozcamos a alguien que recordabamos más guapo o más alto sí podría ser porque lo habíamos archivado con la etiqueta “guapo” o “alto”, es decir, lo habíamos idealizado, y por lo tanto lo recordabamos como debería ser una persona guapa o alta para nosotros… Igual que hacemos con el cesped…

  2. De acuerdo estoy en lo sugerido, pero también hay que tener en cuenta el hecho de la elección en sí, en el caso de elegir un sitio para comer el bocadillo. Porque cuantos más lugares a poder escoger nos aparecen en nuestro cerebro, más difícil resulta la elección. Primero, porque escojamos lo que escojamos, siempre tenemos esa sensación (la idealización de lo que es un buen cesped creada en nuestro cerebro) de que otro lugar podría ser mejor que el elegido. Segundo, porque cuanto mayor es el abanico de posibilidades que se nos presentan más estrés y más compleja se hace la elección para nuestras mentes (para nuestros indecisos cerebros, vamos).

  3. Pero es que lo que no entiendo es lo de “idealizar”: vale que clasificamos y después esperamos que la percepción de la realidad se ajuste a esas etiquetas mentales, pero ese etiquetado no tiene por qué ser para bien; también ocurre a veces que alguien es más guapo o más alto de lo que recordábamos (yo que soy bajita, no sé si por un mecanismo de autodefensa, tiendo a recordar siempre a la gente como si fuera de menor estatura)

    1. Pero es que yo no he dicho que la idealización tenga que ser buena… las cosas que recuerdas como malas, las recuerdas como muy malas… Por ejemplo, en todas las clases hay siempre alguien que es “el gordo”. Muchas veces pasa que volvemos a ver a esa persona unos años después y no nos parece tan gordo como era. Y, aunque puede ser que “el gordo” ya no lo sea tanto, también es posible que sí, pero que nosotros lo recordemos más grande aún… Porque él era “el gordo”, era lo que nosotros entendemos que ha de ser un gordo…

  4. Pingback: El aguafiestas

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